Despertar a la vida

Foto-poesia 5. Aportaciones a las fotografías de mi buen amigo Hopes.

DESPERTAR A LA VIDA

S

e levantó temprano, quería disfrutar de ese momento sola, sin el ajetreo de guías, turistas, mendigos…
Hacía mucho tiempo, demasiado tiempo, que quería hacer ese viaje, sabiendo que lo haría, esperando a que su marido, su familia, sus amigas… se decidieran a acompañarle. O tal vez lo que esperaba era a que fuera SU momento, a estar preparada para sentirse cómo se sentía.

Era su primer día en aquel intrigante lugar, sus ganas de descubrirlo todo, vivirlo todo, absorberlo todo… su sensación de comunión con todo lo que le rodea, no la dejaba dormir y, de repente, sola ante el despertar de la vida, se sentía serena. A cualquier otro madrugador, aquel amanecer le hubiera parecido similar a miles de amaneceres que se repiten a diario en otros tantos rincones del mundo; pero ella sabía que era único.

Le rodeaban sonidos, olores, colores muy diferentes de los que había oído, sentido, visto a lo largo de toda su vida. ¿Por qué entonces sentía como si volviera a casa?, ¿Por qué sentía esa calma, esa serenidad del que al fin encuentra lo que, sin saberlo, buscó siempre? Respiró hondo, cerró los ojos y empezó a cantar. Se sorprendió de estar entonando una melodía que no recordaba haber aprendido.

Se sorprendió aún más cuando fue consciente de que su canto tenía como coro un ajetreado ir y venir de voces. Voces todas ellas alteradas, grata e indefiniblemente excitadas por aquella melodía que ella parecía dominar a la perfección.

Lucía quería abrir sus ojos y contemplar todo aquél barullo de gente que sentía y percibía a su alrededor, más algo le impedía hacerlo. Sentía miedo. Inexplicablemente sentía un miedo atroz a abrir sus ojos y contemplar aquella realidad de la que ella había decidido aislarse…

Quiso tomarse su tiempo, acallar la prisa de sus ojos, ser consciente de cada una de las sensaciones que sus otros sentidos iban percibiendo. Así descubrió aquellas voces que quiso dejar rápidamente en un segundo plano ya que le ‘distraían’ en su descubrir.

Se dio cuenta de que si se concentraba y aspiraba con tranquilidad podía olfatear entre todos aquellos olores extraños y asépticos un aroma familiar. No era a ningún perfume, tampoco correspondía a un alimento u objeto concreto…, era una mezcla de sensaciones las que se le agolpaban en el cerebro al intentar discernirlo. Sí, era él, sin duda alguna, estaba allí, lo podía oler, era ‘su’ olor, su marca personal, ese olor que personal que hace que una mujer reconozca a su hombre de entre varios. No quiso detenerse más en él, quería entregarse al placer de ir siendo consciente de cada uno de esos sentidos acallados por años y la mera sospecha de su presencia la descentraba en sus descubrimientos.

Probó a tragar saliva, quería saber qué percibía a través del gusto… y se dio cuenta, por primera vez, de que había algo extraño que dificultaba tal acción, algo con una textura extremadamente lisa y cuyo sabor no acertaba a recordar. Qué le ocurría, por qué no podía realizar con libertad la mecánica acción de tragar saliva…

Lucía comenzó a inquietarse, a sentir cierto desazón dentro de sí. Desazón que se vio acompañada de manera simultánea por una agitación de todas aquellas voces que ella había decidido dejar en segundo plano.

-“No, no voy a dejar que el descontrol se apodere de nuevo de mí. Voy a dominar mi duda. Voy a centrarme en mi sentido del tacto, quiero palpar aquello que tengo a mi alrededor”.

Entonces…Lucía fue consciente de que se encontraba en posición horizontal. Por qué. Qué hacía ella tumbada. Dónde estaba. Intentó centrar todo su ser en las terminaciones nerviosas de todo su cuerpo y temblorosamente inició un movimiento de palpación con su mano diestra.
Suavemente…sin apenas cambio de lugar, quería concentrarse en aquello que sus dedos rozaban… Qué era, qué sensación desconocida…era líquida quizás lo que se movía bajo sus dedos…, no, no podía ser ya que a la vez que percibía el movimiento suave y rítmico del líquido era consciente de que había una superficie rígida y cálida sobre ello. Qué era aquello. Desconcierto y confusión querían volverle a ganar la batalla a su control.

Fue entonces cuando Lucía concedió a sus ojos el protagonismo que éstos le reclamaban desde hacía ya rato. Ellos se presentaban como los únicos capaces de interpretar y dar sentido a todo aquel caos que se iba haciendo sitio en su interior. Lucía recordaba haber querido huir, aislarse en ‘Su’ viaje al margen de su marido, amigos y familia. Recordaba haberse querido conceder aquél viaje a su interior…Recordaba haber alquilado aquél frágil barquito en Luxor precisamente porque se identificó rápidamente con él. Sintió que en él y con él sería más sencillo llegar a ese estado de comunión que ella anhelaba, a ese despertar a la vida que había motivado aquél viaje. Recordaba también haberlo detenido en la mitad del Nilo, en aquel precioso amanecer. Recordaba haberse levantado a las tres de la madrugada, haberse puesto aquel precioso y liviano vestido blanco que a él tanto le gustaba y haberse perfumado con el perfume de almizcle comprado en los mercados callejeros la tarde anterior. No había sido capaz de desayunar, no a aquellas horas, prefería sentir el vacío en su interior de una manera física, ella se sabía en busca de aquella catarsis interior y quería provocarla como fuera.
Aquellos destellos de un sol naciente provocaban una visión casi celestial, provocaba en ella la reflexión. Esos juegos de luz y oscuridad, esos contraluces tan presentes en su vida, esa necesidad de moverse siempre a media luz, evitando ser el centro, el foco de luz central de nada ni de nadie….
Allí estaba ella, Lucía, sola en medio de la grandeza de ese río. Sola, como en la mayor parte de los acontecimientos importantes de su vida. Rodeada de aquella orografía horadada por el paso de la historia, Historia escrita a través de la vida de actores anónimos que fueron forjando una manera de vivir y entender el mundo.
Y, allí estaba ella, sintiéndose infinitamente pequeña ante tanta grandiosidad, buscando la claridad que le faltaba en sus días para decidir. Decidir si firmaba su propia historia o iba a conformarse con seguir siendo una actriz secundaria en el guión de su propia vida.

Y, entonces ocurrió, Lucía abrió sus ojos, con lentitud, los abrió animada por aquel calor que percibía de aquella fuente de luz que ella identificaba con aquel sol incipiente de aquel amanecer. Lucía fue poco a poco acostumbrando sus ojos intentando adivinar de nuevo la silueta de aquellas montañas viejas, de aquel agua que hacía las veces de espejo a aquel sol madrugador…más lo que encontró fue la fría luz blanca de aquella sala de hospital.

El revoloteo que escuchaba de fondo era el equipo médico maravillado ante su ‘despertar a la vida’ tras aquellos 3 meses de coma profundo en el que había entrado tras el golpe recibido al resbalar en aquel barco. Ella intentó dibujar en el aire la silueta del rayo de sol cuando resbaló y dio con su cabeza en el fondo.
Y… allí estaba él, junto a quien reconocía como su marido. Aquel hombre cuyo olor había identificado entre todo el barullo de gente, aquel enfermero que le había dedicado cada minuto libre de los últimos tres meses, aquél que le leía poesías y le cantaba aquella melodía que ella comenzó a entonar con sonidos guturales aquella tarde.

No había duda alguna, no lo había visto antes, pero era él. Su sonrisa se lo confirmó:

 

“Había despertado a la vida”

 

Ane08

 



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