SUSURRAME AL OIDO QUE ME AMAS

 

      

        

           Éramos muchos los invitados a aquél acontecimiento, muchos los que escuchábamos impávidos aquel despliegue de oratoria, que no de contenido pero, entre todos ellos, hubo un momento en el que tu mirada y la mía se encontraron. Hacía años que no nos veíamos, mucho habíamos cambiado los dos, no obstante aquella manera peculiar de mirar la reconocería entre miles. Aquellos bonitos ojos de miedoso adolescente se habían vuelto a encontrar con los míos. Ya no hubo más objetivo en toda la exposición. A partir de entonces, mi mente escuchaba un murmullo de fondo que no hacía sino acompañar mi recién iniciado viaje interior.


Al finalizar la exposición te acercaste cortésmente a mí, es lo que tocaba, para ello siempre fuiste, de entre los correctos, el que más. Me saludaste con un beso en la mejilla y me preguntaste que qué era de mi vida. Era obvio que no te la iba a resumir en dos minutos pero sí debí decir lo suficiente como para que consideraras que nos debíamos siquiera un café. Así me lo hiciste saber y
allí, en aquél hermoso café de principios de siglo, en donde habían tenido lugar aquellas tertulias sobre las que habíamos estado escuchando la exposición, nos sentamos uno frente al otro. Allí pude sentirme objeto una vez más de aquella
maravillosa y sugerente mirada. Tus ojos tenían ese poder, tus ojos podían hacerme turbar más que cualquiera de tus palabras, y tú eras consciente de ello. Aún más, lo aprovechabas;  aquellos ojos no sólo me miraban, aquellos ojos me insinuaban, me confesaban que, en aquellos años pasados de incomunicación, me habían seguido buscando. Que, cuando yo salía a pasear a
aquél jardín prohibido de mis sueños, no lo hacia en soledad, que ellos me observaban, me acompañaban en todos ellos si bien la fuerza de la razón había conseguido que no tuvieran el poder suficiente como para vivir conmigo ese sueño…


Grata fue la conversación, siempre insinuante e irónica, haciendo continuos guiños a un posible nuevo encuentro. Encuentro deseado por ambos, pero incapaces ninguno de verbalizar su necesidad…

No nos hizo falta hacerlo, el azar o la causalidad nos arrebató la decisión.
Víctima de una de tus tímidas pero arrebatadoras miradas el móvil con el que había estado jugando durante toda la conversación se me cayó de las manos. Iba directamente al suelo cuando ambos nos agachamos a la vez…quedando nuestras caras una frente a la otra. El móvil dio contra el suelo, pero ninguno de los dos escuchamos el golpe siquiera.


Estábamos atrapados en esos milisegundos en los que el mundo se detiene para uno.


Tus ojos contra mis ojos, fijos, implorando que la cercanía fuera mayor. Los míos suplicantes, rogando que tu boca acallara mi pasión. Mi necesidad llamando a la tuya y todo tu ser reclamando mi atención…¡Concesión final!


Labios entreabiertos y humedecidos por el deseo de calmar la sed del otro. Lenguas que salen a recibir a quien se ha anhelado durante años, calor húmedo que se recrea en el movimiento y el resto de los sentidos que claman por ser atendidos…

Muchos, demasiados habían sido los años de sequía en nuestras vidas. Demasiados como para volver a postergar ese deseo de amar y ser amado. No
había tiempo. El tiempo se había detenido para nosotros y no podíamos huir de él. Levantamos nuestras cabezas y esta vez sí, esta vez fuiste capaz de verbalizar tu decisión.


Simplemente una palabra. Suficiente para que yo entendiera todo;

‘Acompáñame’.


Te hubiera acompañado al fin del mundo en aquellos momentos, sin más reflexión, sin medir las consecuencias. Me levanté y simplemente te seguí. Pagaste los cafés y me agarraste de la mano. No cruzamos ni una sola palabra más en el camino a tu casa. Nuestras manos hablaban por nosotros. Se apretaban, se masajeaban como en un intento de adelantar el recorrido que ambas anhelaban. Manos temblorosas que demostraban cuánta tensión y deseo mediaban entre ambos. Llegamos a tu casa y,  una vez cerrada la puerta, volvió a nosotros la indecisión.


Un segundo de duda… pero, nuestras entrelazadas manos volvieron a hablar
por nosotros. Las palabras no eran necesarias, demasiadas palabras habían sido cruzadas entre nosotros ya. Palabras dominadas por la razón que no habían reflejado nunca lo que sentía nuestro corazón. Crucé mis manos alrededor de cuello para acercar tu cara a mi y tú descansaste las tuyas en la parte baja de mi espalda, donde…, a medida que nuestros labios se esforzaban en expresar lo que nuestras palabras no habían sabido decir durante años, fuiste ganando terreno y acabaste agarrando con fuerza mi trasero y llevándolo
hacia ti. Así, pude comprobar que la pasión iba creciendo en ti al mismo tiempo que yo iba necesitando ser más y más acariciada.


Quería ser recorrida enteramente por cada uno de tus dedos, por tu lengua, por tu torso y deseaba sellar con mis labios cada uno de los centímetros de tu piel. Comencé descendiendo por tu mandíbula llevando a la realidad aquello anhelado tantas veces en mis sueños; lamerla y recorrerla, succionarla …en un sutil juego de analogías, haciéndole desear a tu interior aquello que estaba por suceder. Respondiste humedeciendo las yemas de tus dedos y llevándolas a mis
pezones. Allí cual experto maestro comenzaste a sintonizar el canal de mi deseo, haciéndome estremecer y arrojándome a los senderos del placer…


Sinfonía de cuerpos entrelazados con un único fin; sentir, gozar y dar placer al otro; mi boca buscando el férreo bastión de tu virilidad, la tuya lamiendo mi interior cual madre animal, cuerpos sudorosos bailando al compás del más primigenio de los instintos y cuerpos que se enervan previos al alegato final.

Explosión de placer y quietud….

 

Allí, en el suelo de tu apartamento, entrelazados aún, podía percibir el olor de la pasión. Ese olor a ti que llevaría impregnado en mi más profundo interior. Ese olor a sexo y pasión que cualquier otro macho podría descifrar y que yo sola podría disfrutar. Ese olor que en ambos quedaría cual marca de hierro en piel…

 Olor a ti…

 

El tiempo dejó de ser nuestro aliado y volvió a correr, se había hecho de noche y había ‘obligaciones’ que cumplir.

Ambos nos vestimos sin cruzarnos ni una sola palabra, daba miedo romper el encanto, la quietud, la magia conseguida….

Y un solo gesto salió de ti; acercar tu boca a mi oído y susurrarme
suavemente:

“Siempre supe que esto sucedería. Te amo”.

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